Gestión humana

Tendiendo puentes

octubre 21, 2021

Por Alejandra Pintos

A fines de setiembre se inauguró una nueva etapa para la Casa Nazaret, un espacio con muchísima historia en el corazón de Flor de Maroñas. Esta es la sede del segundo centro Siempre de atención a la primera infancia que impulsan los Fondos Sociales de la Construcción.

La Casa Nazaret dejó de estar vacía. Ubicada junto a la Parroquia de Santa Gema, en Belloni y Roma, se inauguró el 23 de setiembre para que, convertida en un centro de atención a la primera infancia, 90 niños puedan correr por sus pasillos, aprender en sus aulas y almorzar en su comedor.

Esta casa es el segundo centro Siempre (espacios de educación y cuidados con sindicatos y empresas), que se abre con el apoyo de los Fondos Sociales de la Construcción, donde aportan empresarios y trabajadores de la industria. El primero fue Construyendo juntos, en General Flores y Aparicio Saravia, en 2020. La experiencia fue exitosa –pese a los obstáculos que impuso la pandemia– y, por eso, se vivió con gran expectativa este segundo proyecto. “Son soluciones muy inteligentes que permiten combinar el esfuerzo de lo público con lo privado, del Estado con la sociedad civil, para dar un servicio y atender a la gente que más lo necesita en cuanto a la protección y la promoción de la infancia. Es algo muy lindo que tenemos que destacar, es muy uruguayo, derrocha solidaridad”, aseguró a Construcción el presidente del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU), Pablo Abdala.

(Foto: José Ignacio Gastañaga)

Pero la Casa Nazaret tiene varias particularidades que la diferencian de otras experiencias. En primer lugar, articula a instituciones muy diferentes entre sí, pero con el objetivo común de darles el mejor cuidado a estos 90 niños. Los hermanos pasionistas, pertenecientes a la Iglesia Católica, pusieron el lugar, una casa enorme en el corazón de Flor de Maroñas. Los Fondos Sociales de la Construcción se encargaron de remodelarla y acondicionarla, utilizando materiales de alta calidad y con gran cuidado en los detalles; por ejemplo, contemplaron la altura de los niños a la hora de hacer los baños. También financian la alimentación de los chicos, que incluye desayuno, almuerzo, merienda y dos colaciones al día. Por otro lado, la organización Fe y Alegría es quien lleva adelante el centro, supervisando la formación de un equipo pedagógico experto. Por último, el INAU es responsable por un aporte económico mensual para financiar los salarios del equipo pedagógico.

Trabaja “un equipo de 20 personas para poder brindar atención durante 12 horas diarias en turnos de entre 4 y 8 horas. La idea es poder darle un lugar a los niños mientras las madres y los padres trabajan. Eso es un problema grande hoy en día. Nosotros tenemos muchos CAIF y clubes de niños con horarios estancos, de 8 a 12, y a muchos padres esas cuatro horas no les dan para llevarlos e ir a trabajar. Este centro tiene una flexibilidad para las familias que es excelente. Estamos felices con el equipo, que es muy heterogéneo, con mucha formación en diferentes áreas: artísticas, deportivas, educativas y psicomotrices”, cuenta con entusiasmo Florencia Sienra, directora ejecutiva de Fe y Alegría.

LAS NECESIDADES DEL BARRIO

En este nuevo centro Siempre hasta un 80% de los niños pueden ser hijos o familiares de trabajadores de la construcción. El acercamiento a las familias del barrio se dio a través del Servicio de Orientación, Consulta y Articulación Territorial (Socat), que reúne organizaciones sociales que se encuentran en la zona, para que detectaran a las familias en situación de mayor vulnerabilidad para derivarlas a Casa Nazaret.

Simultáneamente, se hizo una convocatoria entre las familias vinculadas a la construcción y aportantes al fondo social. Para asignar estos cupos se prioriza la cercanía al barrio, en el que viven muchos trabajadores de la construcción. De los 90 cupos, 60 están dirigidos a niños entre 0 y 3 años, y 30 cupos de 4 a 12 años. Para estos últimos se propone que participen a contraturno de sus escuelas formales.

(Foto: José Ignacio Gastañaga)

“Lo que se busca, por un lado, es dar una solución a los obreros para que puedan dejar a sus hijos mientras van a su trabajo. Tanto hombres como mujeres. Y, por otro, que se le dé una atención de calidad a los niños y niñas en los barrios en los que precisamente viven muchos de los trabajadores de la construcción”, explica el Ing. Diego O’Neill, presidente de la Cámara de la Construcción del Uruguay (CCU).

O’Neill cuenta que el gran impulsor de esta iniciativa fue Ignacio Otegui, expresidente de la CCU y presidente del Fondo Social de Vivienda de Obreros de la Construcción (Fosvoc). La propuesta contó inmediatamente con el respaldo de los representantes del Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos (Sunca) y de las gerencias empresariales.

“Si bien la idea nos las trajo la CCU y el sindicato de la construcción, los estudios realizados por el INAU concluyeron categóricamente que en esa zona de Montevideo era necesario reforzar la respuesta y que hay una demanda insatisfecha considerable que, por estas vías, vamos a poder compensar en parte”, explica Abdala.

“Es un barrio donde hay mucha necesidad. La atención a la primera infancia es fundamental porque se desarrollan todas las capacidades que van a condicionar positivamente o no el desarrollo evolutivo de esos chicos, entonces nos parece importantísimo poder atenderlos”, añade O’Neill.

UNA CASA CON HISTORIA

El sacerdote Federico Soneira está involucrado con la Casa Nazaret desde su construcción y según cuenta “siempre fue un lugar muy importante para el barrio”. También tiene un vínculo sentimental con este espacio: su padre, uno de los fundadores del Movimiento Familiar Cristiano, fue el ingeniero civil encargado de la construcción de la casa alrededor de 1950. Originalmente la casa fue pensada como un lugar de retiro para parejas y posteriormente también fue un lugar de encuentro para curas y laicos. “Trabajé mucho acá. Esta casa tiene parte de mi vida”, explica.

Junto a la parroquia también funcionó una policlínica llevada adelante por dos religiosas y un equipo de médicos voluntarios. Después de un incendio parcial y ante los costos altísimos que implicaba la policlínica –3.000 dólares al mes solo de medicamentos– el sacerdote tuvo que tomar la difícil decisión de cerrar sus puertas. Se planteó convertirla en un hogar de ancianos, pero se encontraba con el desafío de la accesibilidad. Fue allí cuando Ignacio Otegui le propuso convertirla en un centro Siempre.

En una segunda instancia, la idea es convertir la planta alta de la casa –donde antes funcionaban los dormitorios para los matrimonios que se iban de retiro– en una residencia para estudiantes del interior que vienen a Montevideo becados por el Fosvoc.

“Estamos felices con el equipo, que es muy heterogéneo, con mucha formación en diferentes áreas: artísticas, deportivas, educativas y psicomotrices”.

Florencia Sienra, Fe y Alegría

“Que hayan generado un fondo compartido entre los sindicatos y las empresas es muy significativo. Y que apunten a la niñez y a la juventud nos parece importantísimo, porque en los sectores más carenciados son los que más están sufriendo”, asegura Soneira.

Para la gestión convocaron a Fe y Alegría, un movimiento de educación popular y promoción social, a cargo de más de una decena de clubes de niños y CAIF en Montevideo, Canelones y Tacuarembó. La organización tiene un vínculo importante en sus orígenes con la construcción: fue un obrero de un barrio carenciado de Caracas, en Venezuela, quien puso a disposición su propia casa para que un grupo de sacerdotes y estudiantes pudieran dar clase a niñas y niños locales. “Nace del encuentro de realidades diferentes, uniendo puentes”, cuenta Sienra. La colaboración de tantas entidades en este proyecto parecía cosa del destino.

Daniel Diverio, Diego O´Neill, Beatriz Argimón, Carolina Cosse, Gustavo Robayna, Ignacio Gonzalez Vierci y Ubaldo Camejo. (Foto: José Ignacio Gastañaga)

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