Protagonistas

Angelina Vunge: resiliencia, esperanza y crecimiento

julio 16, 2021

Por Leonel García

La primera diputada de origen africano en el Parlamento nacional ya ha vivido en Uruguay casi tanto tiempo como en su Angola natal. Pese a la pobreza, los miedos y la violencia sufrida, recuerda con cariño su tierra de nacimiento tanto como agradece al país que la adoptó y le permitió crecer.

Pese a la pobreza que le tocó vivir, a la guerra civil, a la violencia y abusos sufridos de niña y de adolescente, a andar descalza hasta los 10 años… pese a todo eso los primeros recuerdos que vienen a la mente de Angelina Vunge (42) sobre su Angola natal son muy bellos, casi bucólicos. “Estaban esas tierras fértiles que me vieron nacer, esa sabana, ese mundo natural de niños corriendo, nadando en el río, jugando”, dice entrecerrando los ojos y nombrando aldeas como Kazela, Kitumba, Kinguela, y ríos como el Kwanza, con muchos afluentes anónimos. Y sonríe.

“Sí, mis primeros recuerdos son lindos… más allá de todo, Angola tuvo lo suyo, la infancia inocente y divertida”, dice hoy desde su casa en una cooperativa en Belvedere, donde vive hace 15 años junto a sus dos hijos, Ellery (20) y Ian (15). “Pero también había que estar alerta, porque no sabías si mañana ibas a estar viva, vos o alguien del grupo, por las minas o los ataques de las milicias”.

A las minas subterráneas era a lo que más temía. A su padre, violento con ella, con sus hermanos, pero sobre todo con su madre, ella lo podía ver venir; así como vio venir al primo de su padre, quien supuestamente iba a ser su marido, quien la violó cuando era una niña de 4 años; o también a los dos hombres que ya en Luanda, la capital, la engañaron con la promesa de un pasaporte rápido y también la vejaron a sus 14. Los sufrió pero los vio venir. Pero esas muertes escondidas bajo los suelos de un país azotado por una guerra civil no había cómo verlas. “Ibas a jugar o a buscar leña a la selva y… una niña no corre mirando al suelo”. Padeció el dolor de dejar de ver a amigos de un día al otro.

¿Se podía ser feliz, igual? “Sí. Aprovechábamos cada minuto que nos daba la vida para respirar, vernos y estar juntos”.

“Los que más sufríamos la guerra civil éramos quienes vivíamos en el campo. La gente con poder siempre tenía más herramientas para protegerse”.

Angelina Vunge

La historia de quien el 14 de abril de este año se transformó en la primera diputada nacida en África en la historia del Parlamento uruguayo, cuando sustituyó en la banca al diputado nacionalista Pablo Viana, habla de resiliencia, adaptación y esperanza. En Uruguay, adonde llegó en 1999 a los 21 años, conoció el frío y la sensación de dormir tranquila. Pero también acá tuvo sus propias guerras que librar.

DE DÓNDE SE VIENE

Angelina tiene en brazos a dos de sus tres hijos perrunos, los yorkshire Balin y Kira, más tranquilo uno, mucho más inquieta y demandante la segunda. Nela, mezcla de caniche con otra raza indefinida, se pasea por el living. En este hay una computadora, varias fotos suyas, libros –de Milton Schinca, Diego Fischer, Bárbara Wood, su propia autobiografía Angelina, las huellas que dejó Angola, escrita junto a Andrea Blanqué, la biografía de Rosa Luna, de Jorge Chagas–, una guitarra de su hijo, una plaqueta de acrílico del Movimiento Afro Nacionalista y muchas figuras de elefantes, mujeres y pensadores de pau preto, traídos de Angola. A su país volvió por diez días en 2017; fue con la intención de ponerse al día con todo el mundo y terminó limitándose a intentar mejorar la situación de su madre, a quien halló en una situación muy precaria y preocupante.

Angelina fracasó en su intento de traerla consigo: su madre no quiso saber nada con viajar en avión.

La vida puede limitarse a tres lugares: de dónde se viene, dónde se está y dónde se quiere estar. Ella nació el 2 de agosto de 1978 en un país que solo tres años antes se había independizado de Portugal y que se desangraba en una lucha por el poder y la riqueza (diamantes y petróleo) entre las fuerzas del gobierno y las milicias de la Unita, otra rama de la Guerra Fría en el África Negra. “Los que más sufríamos éramos quienes vivíamos en el campo, en las aldeas. La gente que tenía poder siempre tenía más herramientas para protegerse”.

Recién cuando se mudó a Luanda, la capital, supo lo que era calzarse. Ella misma se pagó “un par de chancletas” vendiendo fuba (garrapiñada) y palitos de agua. Así también se compró sus útiles escolares.

Quiere que sus dos hijos sean hombres de bien y que estudien. Ella debía cambiarse de aldea y de escuela con más frecuencia que lo deseado.

A los 17 años comenzó a trabajar como moza en la Vila Espa, donde comían y dormían los cascos azules de las Naciones Unidas. También hizo tareas de limpieza para los oficiales. “Fue una linda experiencia a nivel laboral y de convivencia. Si bien había portugueses, brasileños, uruguayos, españoles o argentinos, predominaba el inglés. Saludar y agradecer en los distintos idiomas estaba bien visto”. Pronto trabó amistad con la militar uruguaya Cristina Benítez, su “madre del corazón”. Ella la convenció de probar suerte en un país desconocido, donde no había guerras y sí frío.

La primera impresión que tuvo Angelina de Uruguay –adonde llegó casi sin saber el idioma porque lo que más le enseñaron los soldados uruguayos fue “a putear”– fue gélida. Fue un inusualmente frío 22 de noviembre de 1999. No quiso bajarse del avión hasta que uno de los pilotos le prestó su saco, necesario complemento de la solerita larga de quien solo conoce el trópico. Dejaba atrás un país al que todavía quiere, pero donde había sufrido grandes privaciones y dolores. Dolores que prefirió quitarse. “Preferí sacármelos, no cargarlos más. Lo más difícil de enfrentar, lo que aún sí me duele, es lo que debió vivir mi madre…”.

DÓNDE SE ESTÁ

La fauna de la casa se completa con Río y Agatha, dos grandes loros, y otras dos cotorritas australianas azulísimas. “Me gustan mucho los bichos. En un momento también tenía cuises pero me comían las plantas”. Muestra con orgullo telas que se manda traer de Angola, pilares de una incipiente carrera empresarial. Sus hijos están en sus respectivos dormitorios. “Quiero que ellos sean hombres de bien y que estudien. No tienen la contra que tuve yo, de ir dos meses a la escuela, cambiar de aldea y tratar de seguir. El conocimiento va a ser su arma en el futuro”, dice quien llegó en su país a cursar “primer año de construcción civil”.

Alta, muy llamativa, con largas trenzas y piel negra brillante, el 28 de noviembre de 1999 acompañaba a votar en el balotaje a Cristina y su madre, cuando conoció al taxista Nelson Vázquez, 23 años mayor, quien se ofreció a ayudarla con los papeles y lo que hiciera falta. Él, sobrino del dos veces presidente Tabaré Vázquez, terminó siendo su marido y padre de sus dos hijos. El matrimonio no fue feliz, como ya lo plasmó en su libro. “El divorcio fue complicado, hubo violencia psicológica para mí y para mis hijos. Violencia física no, no la iba a permitir”, dice y hace una pausa. Lo más difícil que vivió en Uruguay fue su separación. “Pero no fue nada comparado con lo que había vivido allá” en Angola, retoma.

Sus primeros trabajos fueron como empleada doméstica, luego fue auxiliar de servicio, trabajó en una mutualista y llegó a ser docente y conferencista en el Instituto Militar de Estudios Superiores (IMES). “En Uruguay la violencia la viví en un ámbito familiar; el racismo, si lo viví, no me di cuenta. Bueno… no le di mucha importancia. Yo tengo claro que soy negra [resalta la palabra], es algo que llevo con mucho orgullo”. Fue trabajando como moza de bar en Alto Palermo Aguada donde conoció al dirigente blanco Alem García, que la hizo incursionar en la política y la alentó a publicar su vida en un libro, editado en 2013. “Los caminos de la vida”, ríe.

HACIA DÓNDE IR

En la primera incursión electoral en que acompañó a Alem García, la de 2014, obtuvo una magra votación. Mejor le fue en esta última, cuando el movimiento Todo Por El Pueblo de García respaldó la precandidatura del hoy senador Juan Sartori. Así llegó a la Cámara Baja, como suplente, ocupando una banca en la sesión extraordinaria en la que se aprobó el “impuesto coronavirus”.

Durante la campaña electoral, comprobó que las rutas nacionales le recuerdan a las de su país, sobre todo en Rivera y Salto, por las tierras coloradas. Hay sectores en la rambla de Montevideo e incluso en Punta del Este que, asegura, son muy parecidos a Luanda. “Mi incursión en política no es para que esta me sustente, sino para poder servir a este país y ayudar a que haya lo que no tuve en el mío: paz, tranquilidad, posibilidad de crecer”.

Crecer, para ella, es un verbo clave. Probó con Uber e invirtió en un terreno en el que proyectó viviendas sociales, pero desistió de ellas. Está naciendo una fundación con su nombre, pensando en talleres y capacitaciones para niños, jóvenes, mujeres y adultos mayores, que incluye una filial en Salto y el apoyo de la Universidad de la Empresa (UDE); está la idea de convertirse en empresaria, con la primera inversión de capital para la tienda de ropa…

El futuro se recuesta en el pasado y en los puntos de inflexión. ¿Qué tanto colmó sus expectativas este rincón en el cual ya pasó la mitad de su vida? “Mucho. Solo por venir de un país con tanto sufrimiento, cualquier lugar que te dé la oportunidad de crecer, de vivir en paz, de no asustarte con los ruidos de la noche, ya es mucho. Lo que no pude vivir donde nací lo estoy viviendo acá, pude crecer como persona. Lo único que tengo en el debe es no haber seguido estudiando”.

Chaman Estudio Comas

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Autoridades en el evento por el #DíadelaConstrucción 2021 "Construyendo el Uruguay del futuro", organizado por las gremiales empresariales de la industria.

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La intendenta @CosseCarolina también participa de la celebración por el #DíadelaConstrucción. "Si algo hemos aprendido es que cuando trabajamos en conjunto se logran los mejores resultados", dijo.

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