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Entrevista a Carlos Delpiazzo. Abogado Pablo La Rosa/ adhocFOTOS

Carlos Delpiazzo, hombre de leyes y enseñanza

diciembre 23, 2021

Por Alejandra Pintos

Entró a la Facultad de Derecho sin demasiada convicción y terminó siendo un jurista apasionado. El Dr. Carlos Delpiazzo es un experto en derecho administrativo, un convencido de la importancia de la docencia y una persona conciliadora por naturaleza. Como asesor jurídico, acompañó en diferentes momentos a un gran abanico de empresas de la construcción.

El Dr. Carlos Delpiazzo me recibe en una sala de reunión de su estudio en la Ciudad Vieja. Es un lugar despojado, impersonal, sin cuadros ni libros que permitan adivinar algún aspecto de la personalidad del abogado. Tampoco puedo intuirlo por su vestimenta, un sobrio traje azul con corbata a rayas del mismo color. Lo que sí sé es que es un apasionado por su profesión –algo que compruebo cuando me cuenta, emocionado, por qué es importante la investigación en el derecho–. Su currículum tiene el impresionante número de 105 páginas, lo que permite suponer que no teme al trabajo duro. “Siempre fui del esfuerzo y los codos pelados sobre la mesa”, comenta. Ha dado clase en Uruguay y en el exterior, participó en decenas de seminarios y escribió muchísimas publicaciones especializadas; trabajó como asesor jurídico para varias empresas y sociedades, entre ellas la Cámara de la Construcción del Uruguay (CCU).

 APRENDIZAJE Y DOCENCIA

Con una facilidad con las letras, Delpiazzo empezó la carrera de abogacía en 1970 y, casi al mismo tiempo, su realidad familiar lo llevó a tener que trabajar. Primero fue en el Consejo Nacional de Educación (lo que sería ahora la ANEP) y luego, en la Contaduría General de la Nación donde tuvo como jefe al Dr. Alberto Ramón Real, a quien considera uno de sus mentores. “Yo trabajé mientras era estudiante porque en mi casa era necesario, pero creo que es bueno hacerlo porque vas generando experiencia de vida y un sentido de aprovechamiento del tiempo que me parece que es relevante”, explica.

(Foto: Pablo La Rosa)

Desde que pisó la Facultad de Derecho, hasta hoy, que tiene 70 años, la vida académica ha sido una constante en su vida –con excepción de los siete años en los que estuvo en la administración pública–. Cuando se recibió, en 1976, ingresó como colaborador en la cátedra de Derecho Administrativo, luego hizo una aspirantía, después fue profesor adscrito, profesor docente, profesor agregado, profesor titular y ahora profesor emérito, aunque remarca que es solo por una cuestión de edad, y que sigue dando clases en las carreras de posgrado de la UM y UdelaR. “Considero que la parte docente está íntimamente vinculada con la investigación. Por lo tanto, en ese proceso de enseñanza-aprendizaje siempre me gustó el ir descubriendo cosas y enseñar a otros a descubrirlas”, asegura.

Es que, para él, “cuando uno realiza una actividad de nicho es muy importante enseñar e investigar. La profundización ayuda a una mejor calidad en el servicio”, entonces la vida como docente e investigador es inseparable de su vida profesional. Cree, también, que no hay profesores y alumnos, sino alumnos “más viejos y más jóvenes”, y que las preguntas de los estudiantes le ofrecen puntos de vista originales y ricos. En su estudio todos tienen actividad docente, “es algo que yo reivindico”, afirma.

EVITAR LOS CONFLICTOS

Cuando uno piensa en la abogacía, en seguida se le viene a la mente el litigio, la demanda. Sin embargo, Delpiazzo trata de evitarlo siempre que sea posible. Es que él se define fundamentalmente como una persona conciliadora. “No me gusta el litigio y nunca lo recomiendo. Creo que el litigio debe ser la última vía cuando ya han fracasado todas las demás. Por eso, desde que se creó, soy un gran propulsor del centro de conciliación y arbitraje de la Bolsa de Comercio, hoy llamada Corte de Arbitraje del Mercosur, en la cual me he desempeñado como mediador y como árbitro. Soy un gran apostador al diálogo y a la procura de la solución negociada”, dice. Por eso, también, se considera más un jurista que un abogado. No disfruta del pleito, sino que prefiere la actividad consultiva, académica. Así también es en el hogar porque, según explica, “uno no tiene un sombrero de abogado, otro de padre, otro de esposo, otro de abuelo, otro de católico y otro de político. El talante es el mismo y las posturas de base son las mismas”.

Para Delpiazzo, vinculado a la docencia desde hace más de cuarenta años, no hay profesores y alumnos, sino alumnos “más viejos y más jóvenes”.

Y si bien su vida profesional ha sido signada por el estudio de las leyes, Delpiazzo también ha ocupado otros roles: fue director general del Ministerio de Ganadería entre 1986 y 1990, subsecretario de Defensa Nacional en 1990 y 1991, ministro de Salud Pública de 1991 a 1992, ministro interino de Economía y Finanzas, presidente de la Comisión Coordinadora de la Reforma del Estado de la Presidencia de la República de 1993 a 1994 y senador de la República en 1998. Fueron siete años de trabajo arduo, que tuvo que balancear con una realidad familiar compleja en ese momento.

Es verdad que a simple vista trabajar en el Ministerio de Ganadería tiene poco que ver con la tarea de un ministro de Salud, sin embargo el jurista explica que, para él, todo vuelve a conducir al derecho administrativo. “Me ayudó conocer muy bien la administración porque un ministerio es una gran organización administrativa. El Ministerio de Salud Pública cuando yo fui ministro tenía 16.000 funcionarios, hoy es más chico porque ASSE –que tiene los hospitales– está descentralizado. En ese entonces, era una enorme organización administrativa donde todos los días había problemas disciplinarios, problemas de compras, conflictos de todo tipo y color. Y eso es derecho administrativo”.

NUNCA QUIETO

Cuando trabajaba en la Contaduría General de la Nación, un jerarca visitó Europa y vio una novedad que lo dejó maravillado: computadoras que servían para procesar la información jurídica, que tenían bases de datos de normas y de casos. Así, poco después, lograron adquirir una, que compartían con la DGI. Curioso por naturaleza, Delpiazzo fue uno de los encargados de ingresar información a esta novel computadora y así comenzó su vínculo con el derecho informático.

(Foto: Pablo La Rosa)

Pero no solo ingresó datos, sino que también diseñó fichas, creó manuales e impartió capacitaciones a funcionarios de otros ministerios. Así fue como se dio cuenta de que ese era el futuro. “Acá hay algo que tendríamos que hacer en la Facultad de Derecho”, pensó, y entonces habló con el decano de la época para plantearle la posibilidad de dar cursos extracurriculares de informática aplicada al derecho. Esos cursos luego fueron materias optativas y más tarde se creó el Instituto de Derecho Informático, del que fue director durante 10 años. Cuando cumplió una década en el cargo –y 25 años dando cursos– decidió dar un paso al costado. “La vorágine del cambio tecnológico era tan importante que yo dije: ‘hasta acá llegué’. Si vos no entendés el tema tecnológico, difícil es que lo puedas encuadrar jurídicamente”, recuerda.

Desde ese entonces ha estado abocado al derecho administrativo, aunque siempre se mantiene en movimiento, explorando diferentes aristas de su especialidad. Fue desde ese lugar que se vinculó con la CCU, hace 15 años. “Uno de los campos con los que las empresas de la construcción trabajan más es con el Estado. Una carretera, un puente, una central hidroeléctrica, todos son obras públicas. Entonces, cuando las empresas contratan con el Estado celebran contratos administrativos”, explica.

ESPOSO, PADRE Y ABUELO                                                                                 

Es imposible contar la historia de Carlos Delpiazzo sin hablar de su vida profesional, pero para él su familia siempre ha sido el centro. Para encontrar un balance, el abogado y jurista incorporó ciertas normas –se podría decir que tiene un código personal–. Por ejemplo, una vez a la semana trabaja desde su casa, donde no solo tiene acceso a otra biblioteca sino que le permite pasar más tiempo con su esposa, Nancy. Y siempre se tomó vacaciones. “Durante la época de niñez de nuestros hijos tuvimos una cabaña en el Pinar con mi esposa, que era docente también pero tenía períodos de vacaciones más largos; yo iba y venía”, cuenta.

“Uno de los campos con los que las empresas de la construcción trabajan más es con el Estado”, dice Delpiazzo que, como especialista en derecho administrativo, ha estado vinculado con organizaciones del sector.

En los últimos veranos, sin embargo, ha cambiado las idas a la playa por los paseos a caballo. “Mis padres murieron muy jóvenes y, por lo tanto, mis hermanas y yo heredamos una porción de campo que era de mis abuelos. Como yo era el único varón me tuve que empezar a ocupar de eso, en paralelo con esta actividad, y así lo hago desde 1990. En los últimos años he hecho veraneo de campo y se ha convertido en un trabajo, que tiene una connotación lúdica y me gusta mucho también”.

Hoy con 5 hijos y 14 nietos disfruta la vida familiar desde otro lugar, el de abuelo. Para él la frase “abuelo, vení” es un mandato. “Es verdad que cuando recién empezás, los niños son chicos y la plata no alcanza, de repente la aplicación de tiempo a la actividad laboral es más de la que debería ser porque es necesario que así sea. Pero no creo haber sido un padre ausente. Mucha de mi obra, de publicaciones y manuales, las escribí cuando ellos ya eran grandes y yo podía disponer de un fin de semana. Cuando son chicos no tenés esa posibilidad nunca. Siempre tuve claro que la familia es la empresa más importante de todas las que he tenido. Siempre fue la prioridad”, asegura.

Chaman Estudio Comas

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