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Ing. María Simon, decana de la Facultad de Ingeniería de la Udelar. (Foto: Pablo La Rosa)

María Simon, muchas veces la primera

mayo 18, 2022

En una profesión muy masculinizada como es la ingeniería, María Simon se destacó desde sus años como estudiante. Fue la primera decana mujer y la primera presidenta de Antel. Además, dirigió el Ministerio de Educación y Cultura, rompiendo con el prejuicio de que los ingenieros no trascienden los números.

Para llegar al despacho de María Simon hay que atravesar los laberínticos pasillos de la Facultad de Ingeniería que, a pesar de su exterior adusto y minimalista, alberga una gran calidez. En el decanato conservan algunos muebles originales –como un exuberante perchero– diseñados por el arquitecto del edificio, Julio Vilamajó. El despacho de Simon es sencillo, su escritorio está ordenado, aunque tiene varias carpetas, fichas y papeles por firmar. Allí se trabaja duro. Sin embargo, cuando la decana quiere descansar la vista o buscar claridad mira por la ventana, a través de la que se ven varios edificios y laboratorios vinculados a la ingeniería y, por supuesto, la hermosa rambla del Parque Rodó.

Simon se convirtió, en 1998, en la primera –y hasta ahora única– decana de la Facultad de Ingeniería, una carrera en la que las mujeres oscilan entre un cuarto y un tercio de sus estudiantes. Dejó el cargo en 2005 para asumir como presidenta de Antel en el gobierno de Tabaré Vázquez –también fue la primera mujer en ese rol– y luego ministra y viceministra de Educación y Cultura.

En 2015 volvió a su querido edificio en la rambla montevideana y fue elegida, una vez más, como decana. Según cuenta, sus objetivos principales fueron fortalecer ciertas carreras o especializaciones “débiles” y crear nuevas para aggiornar la currícula y descentralizar la oferta. Por ejemplo, ahora existe la posibilidad de cursar íntegramente Ingeniería Forestal en Tacuarembó.

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Ing. Maria Simón, decana de Facultad de Ingeniería (Foto: Pablo La Rosa)

De su vida personal prefiere no decir mucho, “no es mi estilo”, explica. Tiene dos hijos; por ahora, ningún nieto. En lugar de dar detalles de su familia prefiere conversar de sus inicios como ingeniera, de los prejuicios que hay con respecto a la carrera, de la importancia de la descentralización de la universidad, de lo vertiginosos que fueron los cambios en la tecnología y de la necesidad de democratizar el acceso a la cultura. Y sobre todo eso conversó con Construcción.

“UNA CARRERA COMO CUALQUIER OTRA”

Antes de ser ingeniera, decana o presidenta de Antel pasó por la escuela, liceo y universidad públicos. “Le debo mucho a la educación pública de este país”, afirma. Nació en una familia de clase media en el Prado, su padre era contador y su madre profesora de Idioma Español, perteneciente a la primera generación de egresados del Instituto de Profesores Artigas. Ambos eran la primera generación de profesionales de su familia. De él heredó el gusto por los números, de ella su carácter detallista. Dice que le gusta que las cosas estén “bien claras y escritas”.

“Yo ingresé a la Facultad de Ingeniería en un año muy difícil y muy malo, en 1974. A pesar de eso tuve muchos buenos profesores, también tuve malos. Pero a los que pudieron dar buenas clases en esos momentos les debemos mucho. Teníamos un cuerpo docente mucho más restringido. Nos enseñaron a ser exigentes”, recuerda.

María Simon se convirtió, en 1998, en la primera –y hasta ahora única– decana de la Facultad de Ingeniería. Dejó el cargo en 2005, volvió a ser elegida en 2015 y reelecta nuevamente en 2019.

Cuando decidió estudiar ingeniería, en su familia todos se inclinaban hacia las letras y la facultad ya tenía fama de ser muy difícil. “No le di mucha importancia a ese asunto, me gustaba mucho la carrera”. Fue una alumna brillante, con la escolaridad más destacada de su generación. “Es una profesión como cualquier otra. Esa reputación nos hace mal, en lugar de hacernos bien. Entran con ese compromiso encima de tener que ser un bocho y, después, si les va mal en algo se frustran horriblemente”, explica.

Aunque sea una profesión como cualquier otra, a Simon se le iluminan los ojos al hablar de ingeniería. Al egresar, en 1980, se especializó en electrónica y luego en telecomunicaciones, alcanzando el cargo de profesora titular Grado 5 –que es, además, requisito para ser elegido como decano–. Y en los cuarenta años que transcurrieron desde que se recibió, el mundo y su carrera han cambiado a un ritmo vertiginoso.

“¿QUÉ VAS A HACER CUANDO TODOS LOS PUENTES YA ESTÉN HECHOS?”

Cuando un amigo le contó a su abuelo que iba a estudiar ingeniería, él le preguntó qué hacen los ingenieros. “Puentes, carreteras”, dijo, y él le respondió: “¿Y qué vas a hacer cuando todos los puentes estén hechos?”. Esa anécdota, que cuenta con una sonrisa, ilustra su firme creencia de que siempre se puede continuar aprendiendo, investigando.

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Maria Simón, decana de la Facultad de Ingeniería, en su despacho. (Foto: Pablo La Rosa)

“Estas cosas viven cambiando y lo que en algún momento se investiga se termina incorporando al posgrado y después al grado. Por ejemplo, por finales de los ochenta, principios de los noventa, se investigaba bastante la energía eólica. En esa época cuando decíamos que investigábamos energía eólica la gente nos decía que si lo considerábamos ‘de interés académico’ lo hiciéramos, pero que no tenía nada de práctico porque los precios eran altísimos y no competía con el petróleo. ¡Decímelo ahora, es una realidad! Además, a medida que se supo más de energía eólica se hizo más barata la instalación de molinos y ahora es la gran salvación del país”, sostiene.

–¿Qué otras cosas han cambiado que la sorprendan?

–Muchísimas. Yo fui presidenta del directorio de Antel durante cuatro años y en ese momento se pasó por el medio millón y se llegó al millón de números celulares. Y hay, ahora, como cuatro millones, más celulares que personas. En telecomunicaciones el cambio ha sido brutal. Cuando empecé a ser presidenta de Antel, en 2005, el celular se consideraba un objeto de lujo; ahora es un objeto común y corriente. Además, se transitó por el camino de la tecnología con movilidad al punto de que casi nadie quiere las cosas fijas. Otro cambio fundamental fue en la tecnología de la construcción. A través de ciertos programas como el BIM, se genera una manera de pensar las cosas desde sus proyectos y durante la vida de la obra. Eso me parece que es buenísimo, para pensar su mantenimiento, documentar qué se hace. Es urgente adoptar esa mirada y desde el diseño del proyecto tener en cuenta cuestiones como la seguridad, por ejemplo, la protección contra descargas atmosféricas. Usar la tecnología informática para seguir la vida de los edificios, de las ciudades y las obras de vialidad. Y, por último, lo que llamamos el aprendizaje automático o machine learning. Eso cambia bastante el enfoque de muchos temas de ingeniería y sería teóricamente posible reproducir la experticia que adquirimos las personas. Hay experiencias que no deberían perderse, como la gente que sabe mucho de algo. No necesariamente profesionales, pero que tienen una experiencia acumulada riquísima.

MÁS ALLÁ DE LA INGENIERÍA

Además de la dificultad de su carrera, los ingenieros se enfrentan al prejuicio de ser lineales, con pocos intereses más allá de los números. Sin embargo, para Simon ese es un “preconcepto terrible”.

“Siempre fui lectora y me gustó la música, desde chica. Crecí en un ambiente propicio para eso y lo tengo que agradecer. Esas son las cosas que deberíamos igualar más, el acceso a la cultura, que haya un medio favorable para leer, escuchar música. Es parte del disfrutar de la vida. Una vez una persona me preguntó, con un poco de pillería, si por ser más culto se es más feliz. Yo le dije que no sé, pero que seguro se tiene una vida más intensa. Y eso me parece muy importante. Hay cosas que uno prefiere no saberlas, pero de nada vale ignorarlas. La cultura te da más herramientas, incluso frente a la desdicha”, reflexiona.

Cuando la eligieron para el Ministerio de Educación y Cultura, “me contaron que alguien dijo: ‘está bien, porque María es ingeniera pero es culta’. ¿Cómo ‘pero’? Yo creo que es como en todas las profesiones, hay quienes no se interesan por cosas ajenas a la profesión y gente que se interesa en muchas cuestiones de la cultura. Por ejemplo, ahora tenemos algunas tesis de dirección compartida entre ingeniería y música, de gente que trabajó en la señal audible”, agrega.

“Una vez una persona me preguntó, con un poco de pillería, si por ser más culto se es más feliz. Yo le dije que no sé, pero que seguro se tiene una vida más intensa. Y eso me parece muy importante. La cultura te da más herramientas, incluso frente a la desdicha”.

Ing. María Simon

Por eso, elegirla como ministra de Educación y Cultura fue algo más que acertado. No solo por su interés en la cultura, sino por su habilidad para formar equipos y para negociar, destrezas que ya había aplicado cuando presidió el directorio de Antel. “El haber estudiado me sirvió fundamentalmente para aprender a pensar. Nunca se le puede enseñar a la gente todo aquello con lo que se va a enfrentar, lo mejor que se puede enseñar es a enfrentar temas nuevos. Después me sirvió mucho otra cosa de la facultad –yo ya había sido decana antes– y es la experiencia del co-gobierno, de buscar acuerdos. Yo creo que el co-gobierno sirve para educar a la gente también. Negociar, entender la posición del otro, es una escuela de ciudadanía y de trabajo en equipo”, explica.

A la hora de crear equipos intenta buscar la paridad, es algo que siempre está sobre la mesa, “porque si no hacés algo a favor no se cambia”. Aunque no siempre es sencillo encontrar mujeres para ofrecerles un puesto, porque son muchas menos las que cursan la carrera. De todas formas, ella cree en la diversidad en términos generales, porque enriquece a los equipos. “Sí me parece que los equipos diversos –en género pero también de repente en edad, en perspectivas, en culturas– son más ricos porque tienen en cuenta más aspectos. Incluso cuando se investigan cuestiones totalmente teóricas”, sentencia.

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