Gestión humana

Fotografía: José Ignacio Gastañaga

Exprivados de libertad: Construir una segunda oportunidad

noviembre 26, 2025

En una obra al noreste de Montevideo, Jhon maneja maquinaria a varios metros de altura, mientras Karina perfora muros y tiende cañerías. En el pasado, ambos estuvieron privados de su libertad y hoy trabajan en la construcción gracias a un programa que apuesta por la reinserción laboral. Sus testimonios revelan que las segundas oportunidades existen cuando el sector público y privado se comprometen.

Por Manuella Sampaio

El ruido de la perforadora se mezcla con el de los autos que entran y salen de la obra. Entre andamios, chalecos naranjas, cascos amarillos y polvo de cemento, Jhon y Karina trabajan hombro a hombro con decenas de obreros. La em presa constructora Teyma los contrató en el marco del convenio firmado en noviembre de 2024 entre los ministerios del Interior y de Desarrollo Social con la Cámara de la Construcción del Uruguay, la Cámara de Industrias, la Cámara de Comercio y Servicios y la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas. El acuerdo busca establecer un puente entre personas que estuvieron privadas de libertad y una oportunidad laboral.

A Jhon, que tras salir en libertad experimentó fuertemente las dificultades de conseguir trabajo, esta puerta al rubro de la construcción le posibilitó las chances de recomenzar. Antes de ingresar a la empresa contó con el apoyo de la Dirección Nacional de Apoyo al Liberado (Dinali) y consiguió un empleo en una compañía de limpieza. A la par, retomó los estudios: en el propio sistema penitenciario había completado primaria y, luego, avanzó con secundaria.

“Cuando salís, la dificultad para encontrar trabajo es grande”, explica. “Hay mucha gente que no acepta o no entiende ese tipo de oportunidad, que cuestiona, pero a mí me cambió la vida. La supe aprovechar”, afirma quien ingresó a trabajar en la construcción este enero.

El cambio no fue inmediato, pero cuando llegó, lo vivió como una confirmación de que valía la pena la lucha silenciosa que venía dan do. “Estoy orgulloso de mi proceso porque fue algo que logré, con ayuda de otras personas, claro, pero también con muchas batallas internas. Son cosas que no se ven desde afuera, pero uno carga con ellas”, reflexiona.

Hoy, con 37 años, trabaja en el área de montaje de una obra, maneja maquinaria y recibe responsabilidades que antes parecían inalcanzables. Para Jhon cada jornada empieza con la misma rutina: llegar temprano, dejar el celular en el casillero, su bir a la plataforma y concentrarse en el trabajo. Puede parecer un detalle mínimo, pero para él es símbolo de una vida distinta, ordenada, con propósito.

“Cuando recién ingresé hacía tareas menores. Hoy estoy en una canastilla, con confianza de los encargados. Miro para abajo y veo a otros haciendo lo que yo hacía al principio. Eso me pone contento, porque me costó llegar adonde estoy ahora”, cuenta emocionado.

Su vida personal también encontró nuevos cimientos. Está presente en la crianza de sus tres hijas, convive con su pareja y está construyendo su casa. En ese camino, superar la adicción fue otro de los desafíos. “Consumí mucho tiempo en la cárcel. Pero antes de salir hice un clic, no quería más eso. Fui a las rondas de apoyo de Aleros ‒programa gubernamental para personas con consumo problemático de drogas‒ y me ayudó mucho. Hace años no consumo”, agrega.

Hoy, mientras maneja maquinaria desde la altura, Jhon observa su camino con otra mirada. Sabe que cada paso, cada esfuerzo y cada decisión lo trajeron hasta aquí: a un nuevo comienzo construido con trabajo y la certeza de que su vida ya no retrocede.

“Acá me siento valorado. Aproveché la oportunidad al máximo y mis encargados lo reconocen. Estoy muy agradecido porque eso es lo que quiero: trabajar, estar con mi familia y no volver atrás”.

RECONSTRUIR EL CAMINO

A las seis de la mañana, cuando todavía no asoma el sol, Karina ya va en camino al trabajo. Llega a la obra, firma el acta de seguridad, recibe las tareas del día y viste el casco para empezar a perforar muros, abrir pases para cañerías o ajustar conexiones sanitarias. Hace cinco meses que la joven de 24 años trabaja en la empresa constructora. Llegar hasta aquí implicó superar muchas barreras. “Cuando salí fue difícil, porque tener antecedentes pesa mucho a la hora de buscar trabajo. Se te cierran puertas. Pero hay que seguir insistiendo”, cuenta.

Cuando aún estaba dentro del sistema penitenciario, Karina decidió aprovechar su tiempo y estudiar un curso de albañilería, del cual hizo la parte práctica ya estando en libertad. Seis meses después consiguió un puesto de limpiadora a través del Instituto Nacional de Rehabilitación. Allí fue creciendo: primero en mantenimiento y luego como encargada del área sanitaria. Más tarde, con el apoyo de Dinali, su currículum llegó a Teyma. “Ellos nos recomiendan y elevan los currículums, después depende de la empresa. Por suerte acá nunca me hicieron diferencias”, relata.

“Hay mucha gente que no acepta o no entiende ese tipo de oportunidad, que cuestiona, pero a mí me cambió la vida. La supe aprovechar”. Jhon

Karina es una de las cuatro mujeres entre más de 300 trabajadores. En la obra, dice, se siente cómoda. “Arranqué como media oficial albañil y ahora me ascendieron a oficial sanitaria. Es más responsabilidad y un mejor sueldo, y está bueno que te reconozcan el trabajo”, señala con orgullo.

Ese ascenso es una señal de que su desempeño y constancia pesan más que cualquier ante cedente. “Yo ya pagué lo que tenía que pagar y aprendí que a veces hay que pasar por ciertas cosas para darse cuenta”, anota.

La rutina en la obra es exigente: diez horas de trabajo y, al final del día, una hora y media más de estudio. Karina no se detiene. Hizo cursos de albañilería, sanitaria en termofusión y ahora estudia uno específico para el trabajo con PVC. “Me sigo formando porque sé que es bueno para el currículum, quiero tener herramientas para seguir creciendo”, dice.

Su historia y los años en que estuvo en el sistema penitenciario le enseñaron que su camino personal tiene también una dimensión colectiva. “Está bueno que se den más oportunidades a la gente que estuvo privada de libertad, porque no hay muchas. Y que tomen más mujeres, porque en la construcción somos pocas. Por suerte, siempre me trataron con respeto, como a un compañero más”, cuenta.

Ese pedido se enlaza con otra convicción: la necesidad de que existan políticas sostenidas que permitan que historias como la suya no sean excepcionales. El acuerdo entre Estado, empresas y organizaciones sociales es una respuesta a un gran problema de fondo: la dificultad de reinsertar se en un mercado laboral que, muchas veces, desconfía de quienes cargan con antecedentes.

Karina ya no quiere mirar atrás. Hace pocos meses logró alquilar un espacio sola y construir una rutina que le da estabilidad y le permite proyectar un futuro distinto. “Me siento a gusto, todo se va ajustando de a poco. Obvio que una trabaja por la plata, porque hay gastos, pero también es importante que te guste lo que hacés. Y a mí esto me gusta”.

APOSTAR AL CAMBIO

Las historias de Jhon y Karina no son casos aislados. En la industria de la construcción uru guaya, varias empresas llevan algunos años trabajando con esta filosofía de reinserción, aunque el convenio firmado en 2024 le dio mayor impulso y visibilidad a la iniciativa. Teyma e Ingener son dos de las instituciones que han integrado este compromiso como parte de su cultura empresarial.

“Un aspecto fundamental para lograr una inserción plena en el espacio de trabajo es respetar la privacidad del liberado. En nuestros proyectos cada persona ingresa como un trabajador más. Nadie sabe quiénes son liberados, y eso genera compromiso y cultura sana de trabajo”, afirma el gerente general de Teyma, Ing. Luis Gallo.

La compañía comenzó hace 16 años a integrar a trabajadores exprivados de libertad y ahora, con el convenio, extendió este propósito. En lo que va de 2025 ha empleado a 39 trabajadores liberados. La sinergia entre Estado y las organizaciones sociales ha sido clave. “Dinali y las ONG realizan un trabajo previo fundamental, mientras que las cámaras empresariales dan visibilidad y confianza a estas iniciativas”, anota Gallo. Para el ingeniero estas acciones muestran que la inclusión laboral de liberados no sólo es posible, sino que aporta al desarrollo económico y social del país. “Ver cómo las personas valoran la oportunidad y se comprometen por sí mismos y para darle bienestar a sus familias es algo que nos llena de alegría y satisfacción”, subraya.

Desde Ingener, el gerente de Recursos Humanos y Relaciones Laborales, Fernando Posada, explica el trasfondo de la propuesta: “Una persona que sale de la cárcel necesita ingresos, pero también necesita volver a sentirse parte. El trabajo permite eso: que te reconozcan por lo que hacés hoy, no por lo que hiciste antes, y la industria de la construcción es ideal por los valores que tiene y la posibilidad de aprendizaje de un oficio”. Además, añade que el trabajo no termina al firmar un contrato ya que hay todo un acompañamiento de la integración laboral. Cada nuevo integrante recibe capacitación y la chance de aprender directamente de compañeros con más experiencia.

Al día de hoy más de 30 personas han pasado por este programa en Ingener; dos de ellas ya forman parte de la plantilla permanente y ocho trabajan contratados por obra. Más allá de los números, Posada subraya el impacto social: “Brindar estas oportunidades reduce la reincidencia y fortalece la seguridad pública. Cada ingreso tiene detrás una historia de superación: volver a acercarse a la familia, mudarse de barrio, planificar el futuro”, detalla.

El desafío, reconocen, es grande: en Uruguay cada día se liberan alrededor de 28 personas del sistema penitenciario. “Ni el Estado por sí solo ni las empresas privadas por sí solas pueden resolver esta situación. Es fundamental articular esfuerzos y que cada actor contribuya desde su lugar, generando oportunidades reales de reinserción social y laboral, y así promoviendo un círculo virtuoso”, sostiene Gallo.

“Cuando salí fue difícil, porque tener antecedentes pesa mucho a la hora de buscar trabajo. Se te cierran puertas. Pero hay que seguir insistiendo”. Karina

El impacto del convenio se mide en números, pero principalmente en historias como las de Jhon y Karina. El balance, coinciden Gallo y Posada, es positivo. “Si pensamos en términos de seguridad pública, no hay política más efectiva que ofrecer trabajo. Cada persona que se reinserta significa menos reincidencia”, afirma Posada.

UN FUTURO QUE SE FIRMA

La jornada termina como empezó: entre el ruido de máquinas, el polvo del cemento y el movimiento constante de la obra. Jhon guarda las herramientas, Karina cuelga su casco. Pero ese día, justo cuando el equipo de Construcción llegó para conversar con ellos, recibieron una noticia que cambió todo: quedarán efectivos en Teyma.

 Esto significa que su vínculo con la empresa ya no depende de una obra específica. Si su desempeño sigue siendo el mismo, tendrán trabajo asegurado incluso cuando terminen el proyecto actual. La estabilidad laboral, ese horizonte que parecía lejano, se vuelve tangible.

Al final de la jornada, están cansados pero orgullosos. Saben que el camino está lleno de obstáculos y que los prejuicios no desaparecen de golpe. Pero también saben que las segundas oportunidades existen, y que estas pueden cambiarlo todo porque donde antes había solo muros, ahora se abre una puerta.

Estudio Comas

CONSTRUIR UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

Jhon y Karina estuvieron privados de su libertad. Hoy trabajan en la construcción, aprendiendo un oficio y proyectando futuro gracias a un programa de reinserción laboral público-privado.

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