Carlos Lecueder, el hombre detrás de los shoppings
noviembre 26, 2025
Carlos Lecueder es sinónimo de shoppings en Uruguay. Al frente del estudio familiar desde hace más de 30 años, el contador de profesión y empresario por vocación transformó la forma de comprar en el país. A sus 74 años, comparte la pasión por el trabajo con sus seis hijos, con quienes proyecta nuevos desarrollos inmobiliarios.
Por Carla Rizzotto
“¿Y ahora? A la miércoles, estoy solo”. Cuando murió su papá, Carlos Lecueder sintió miedo por primera vez en su carrera. El Estudio Luis E. Lecueder, al que ingresó “sin presentar currículum” ‒como suele bromear‒, había sido fundado en 1971 por su padre, quien desde los inicios trabajó codo a codo con un hermano. “En el año 93 falleció mi tío Feliciano; al siguiente, mi padre; y me quedé solo de verdad”, confiesa el contador que comanda la empresa familiar desde entonces.
Tanto aquel día como el 17 de marzo de 2020 ‒cuando la decisión de cerrar sus shoppings para evitar la propagación del COVID recayó enteramente sobre sus hombros‒ fueron los dos únicos momentos de su vida profesional en los que se vio asustado. En realidad, no se considera un empresario miedoso. El temor al fracaso, por ejemplo, no lo perturba ni lo paraliza. “No podríamos hacer lo que hacemos”, admite el desarrollador de diez centros comerciales en Uruguay, el complejo de oficinas World Trade Center Montevideo, la zona franca de servicios WTC Free Zone y hoteles de la cadena Hilton, entre otros.
Lo que se hereda no se roba. “Mi padre hacía edificios; eso no era ninguna novedad, no había inventado nada. Pero un día dijo: ‘Vamos a construir un shopping, el primero del país, en este terreno’”, el mismo donde funciona Montevideo Shopping desde 1985, recuerda Carlos. Como ocurre con la mayoría de los proyectos inéditos, al principio tuvo a todo el estadio en contra: la gente desconfiaba de aquella mole de tiendas y los comerciantes se resistían a dar el salto a lo desconocido.

Incluso, cuando la obra llevaba siete meses en marcha, un consultor estadounidense contratado para asesorarlos les sugirió abandonar el empren dimiento porque solo habían logrado firmar tres contratos de alquiler. “Nos aconsejó que usáramos la cimentación para otro negocio, a lo que mi padre respondió: ‘Usted no entendió, nosotros estamos convencidos de que esto va a caminar’”, recuerda con orgullo. Esa determinación también marcó un antes y un después en su carrera, ya que dejó atrás el rol de contador y asesor fiscal para convertirse en empresario y tomador de decisiones.
Con la convicción propia de un pionero nació una nueva cultura de compra que pronto se expandió por distintos barrios de Montevideo. En 1994 abrió sus puertas Portones Shopping en Carrasco y, ese mismo año, Tres Cruces marcó otro hito al combinar una terminal de ómnibus con un shopping center. Con esa misma fórmula, en el año 2000 vio la luz Salto Shopping y Terminal, el primero del interior del país, al que con el tiempo se sumaron otros en diferentes ciudades.
Nuevocentro Shopping, en tanto, se levantó para cubrir la demanda en la zona oeste de la capital. “Ese proyecto lo empezamos a planificar en el 92, cuando estábamos construyendo Tres Cruces y Portones. No teníamos tiempo ni para respirar, pero un sábado, en el tradicional almuerzo familiar, mi padre me preguntó: ‘Che, Carlos, cuando termines Tres Cruces y Portones, ¿qué vamos a hacer?’. Él ya estaba pensando en el próximo. Nos subimos al auto y pasamos tres horas recorriendo Montevideo hasta que llegamos a la intersección de Bulevar Artigas, José Pedro Varela y General Flores, y dijimos: ‘Es acá’”, relata.
Al lunes siguiente llamó al presi dente de Cutcsa, propietario del predio, para mostrarle su interés. “Me respondió que no estaba a la venta porque allí había nacido la empresa de transporte. Y ahí quedó, tema archivado. Dieciséis años después, me llamó Edgardo Novick, amigo de Juan Salgado (hoy accionistas del centro comercial), y me contó que la intendencia le pedía a Cutcsa que sacara los ómnibus porque generaban molestias. Me preguntó qué se podía hacer con esa tierra. Le dije sin dudar: un shopping. Hacía 16 años que esperaba esa oportunidad”.
¿Se considera un visionario? “Es una palabra muy grande. Mi padre sí lo fue. Yo he tenido ideas y cierta noción de lo que podía pasar en el futuro, pero no todo el tiempo. En el mundo empresarial los partidos no se ganan cinco a cero, sino tres a dos o tres a uno. Siempre existe el riesgo de que un proyecto o un negocio salga mal. En los shoppings pasa todo el tiempo. Quizás solo se vea lo lindo: ‘Mirá esta marca nueva que se instaló’. Pero casi nadie repara en lo otro: ‘Mirá, esta marca se instaló hace un año y se fue’. Y si se fue, es porque anduvo mal”, opina.
PUERTAS ADENTRO
Ese sábado de recorrida en busca de un terreno no jugaba Nacional ‒club de sus amores‒, de lo contrario hubiera estado en su palco del Parque Central alentando al tricolor. A los Lecueder les apasiona el fútbol: lo juegan, lo miran, lo discuten. En los almuerzos familiares, donde se reúnen los 31 integrantes del clan, figura en el top tres de temas junto a la política y el trabajo. A pesar de que intentan evitarlo, este último tópico es casi inevitable ya que los seis hijos de Carlos trabajan en el estudio: María José, Carlos Alberto, Carolina, Agustín, Ignacio y Federico, todos contadores menos el último de la lista, ingeniero civil.
El único lugar donde está terminantemente prohibido hablar de trabajo es en su catamarán, embarcación que le permite estar cerca de “un gran compañero”, como define al mar. “Uno lo mira y está en permanente movimiento; ninguna ola es igual a la otra. Existe un cambio continuo. Pero al mismo tiempo hay paz”, manifiesta quien suele navegar con uno o más de sus 18 nietos para atesorar momentos en familia.
EL DÍA QUE RECHAZÓ SER INTENDENTE
Para la campaña electoral de cara a las elecciones municipales de 1989 ‒que finalmente ganó Tabaré Vázquez‒, el expresidente Jorge Batlle le propuso a Carlos Lecueder postularse como intendente por el Partido Colorado. “Me llamó, me preguntó si estaba en el estudio y se vino para acá. Me dijo que quería un candidato joven, que fuera para delante. Ese día no dormí”, admite quien en ese entonces estaba empezando a construir Portones y Tres Cruces, y tenía cuatro hijos chicos. “En el fútbol yo jugaba de half, lo que hoy se llama marcador de punta. Mi fuerte era marcar, pero no eludía a nadie. Jugué 14 años en la liga universitaria, pero si me ponían de 9 o de 7, no servía: no era rápido ni sabía hacer goles. Entonces, el hecho de que estuviera desarrollando proyectos exitosos junto a mi padre no daba ninguna garantía de que yo pudiera ser un buen intendente. Son cosas muy distintas”, argumenta quien hoy agradece haberse negado, aunque confiesa que si le hubieran ofrecido la posibilidad unos años antes decía que sí.
Los recuerdos son algo preciado para el empresario; tanto es así que en el placar del escritorio de su casa acumula objetos que rememoran épocas o sucesos significativos de su vida: el plato y la cuchara que usó en su primer cumpleaños, un saco azul comprado en la extinguida tienda London Paris que lució para un examen de cuarto año de liceo y un diario de viaje escrito durante los meses de intercambio estudiantil en Estados Unidos.
De la pared de ese rincón de la casa cuelgan los más de quinientos llaveros de distintos países que colecciona desde que tiene memoria. “El llavero en sí mismo no vale nada. Lo que vale es mirar, por ejemplo, el del País Vasco y recordar cuando fui allí y cómo estuvo el viaje”, explica quien dicho sea de paso tiene descendencia vasca, tanto paterna como materna.
Su segundo apellido es Atchugarry. Y, sí, efectivamente lo une un parentesco con el famoso escultor uruguayo Pablo Atchugarry, aunque tienen mucho menos vínculo del que quisiera producto de una pelea ocurrida entre familiares de generaciones anteriores a ellos. “Siento una admiración profunda por él”, revela desde su oficina en el WTC donde justamente se destaca entre la decoración una obra de su primo segundo, regalo de su esposa Raquel Methol para las bodas de oro del matrimonio.
La zona de Pocitos/Buceo es y será su barrio en el mundo. Allí nació y morirá ‒afirma‒: primero vivió sobre calle Ellauri, después en Benito Blanco y ahora en 26 de Marzo, a pocos pasos del estudio y de Montevideo Shopping. “Me encanta el barrio, la proximidad al Puerto del Buceo, tengo todo cerca, y con mi señora estamos muy felices en la casa. Vivir más hacia el Este ‒zona con una creciente demanda‒ sería bárbaro, pero si nos mudáramos tendríamos tanta cosa para mover que mejor nos quedamos donde estamos”, dice el desarrollador.
PUERTAS AFUERA
En el terreno profesional, Aventura Shopping, en el barrio de Sayago, es uno de los megaproyectos que comanda actualmente el estudio Lecueder en Montevideo. En el interior, el World Trade Center de Punta del Este, con zona franca incluida, prepara su inauguración en diciembre. Si bien no hay planes de nuevos centros comerciales, se proyectan las ampliaciones en los shoppings/terminales de Minas, Paysandú y Mercedes.
Pero no toda la actividad del negocio familiar se centra en proyectos de carácter comercial; el estudio Lecueder también trabaja en el rubro de vivienda. Siguiendo la tendencia de migración de montevideanos hacia el este de la capital, o sobre todo hacia Canelones, la empresa desarrolló en el entorno del lago La Botavara el complejo de torres Carrasco Boating ‒ya se construyó la primera y ahora van por la segunda‒. Además de este emprendimiento, avanzan con otros edificios como Brits, Fusione y 234 Bulevar. También está en desarrollo el barrio cerrado Olivo de los Horneros, sobre Camino de los Horneros, impulsado por la creciente búsqueda de verde y seguridad.
Como administradores de proyectos inmobiliarios, Lecueder ha sido testigo de los cambios experimentados en la industria de la construcción en las últimas décadas. “Hoy tenemos más certezas al contratar empresas constructoras. Si comparo con hace 20 o 30 años, los plazos de obra eran mucho mayores que los de ahora. Claro, los plazos siempre son relativos, pero hoy contamos con mayor exactitud en tiempos, en costos y en formas constructivas. Sin duda, la industria ha avanza do y las empresas uruguayas alcanzaron un nivel de confiabilidad que antes no tenían. Se ha incorporado tecnología, experiencia, y eso hace que trabajar con muchas de ellas sea un enorme placer: hay cumplimiento, seriedad y una visión de trabajo cómoda y profesional”.
Los 74 años que marca su cédula no se reflejan en su energía ni en su dedicación laboral full time. “No me veo dejando de trabajar; sí me veo trabajando menos que ahora. De a poco, mis hijos van asumiendo cada vez más responsabilidades. Tratamos de que el proceso (de retiro) sea lo más natural posible, no es un tema tácito: lo charlamos y lo discutimos”, admite, consciente de que esas conversaciones suelen ser ruidosas.
¿Los prepara para su retiro? “Quiero creer que están preparados”, anhela desde su costado más protector.


