Carlos ‘Tito’ Acuña: Transformar realidades
enero 16, 2026
Arquitecto, urbanista y profesor emérito, Carlos Tito Acuña dedicó su profesión a pensar y construir un mejor territorio junto a la gente. Premio Nacional de Urbanismo a la trayectoria y exdecano de la Facultad de Arquitectura de la UdelaR, entre otros roles, dejó su huella tanto en Uruguay como en México por sus proyectos sociales y participativos.
Por Carla Rizzotto
A Tito le cuesta creérsela; incluso cuando una catarata de elogios proveniente de colegas lo deja sin palabras y con los ojos llenos de lágrimas. En un homenaje que le organizó el año pasado la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde el uruguayo dejó su huella como docente durante su exilio en ese país (1975 – 1987), una mesa de ocho académicos destacó con todos los vocablos posibles las virtudes profesionales y personales del arquitecto montevideano.
“Pasaron casi 40 años, y todavía recuerdan al Tito”, se sorprende el protagonista del evento donde se rememoraron anécdotas junto a profesores y estudiantes (ahora profesionales) de esa casa de estudios y de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), donde también ejerció la docencia e investigación. “Hasta de los asados que les hice se acordaban”, advierte el autodenominado urumex, quien pese a sus esfuerzos culinarios jamás pudo competir con la comida mexicana.

Se fue a México con su esposa Teresita Escuder, arquitecta y pin tora, y su hija María Paula, de un año y medio. Aunque viajaron sabiendo que volverían a Uruguay en algún momento, el país adoptivo les permitió deshacer las maletas. “Algunos compañeros que fueron para Europa, por ejemplo, sufrieron mucho; no abrían las valijas porque estaban deseando volver. En nuestro caso, fue tan rico lo que pudimos hacer allá que superamos cierta añoranza”, expresa Carlos, que además de la comida típica extraña las festividades como el Día de los Muertos, los colores vivos propios de la riqueza cultural mexicana y los rasgos de las civilizaciones precolombinas.
Mudarse de una Montevideo con poco más de un millón de habitantes a un Distrito Federal con 17 millones de personas en aquel momento fue abrumador en un principio, pero con el tiempo aprendieron a disfrutar la escala. “Esa escala era vivida, en su mayoría, por gente humilde con problemas raciales y conflictos se veros. Para trabajar en ese contexto desde la perspectiva profesional y docente había que hacerlo consciente y orgánicamente, a través de acuerdos entre la universidad y las organizaciones sociales”, señala.
Desde el día uno, Tito ‒el segundo de seis hermanos y primer varón en orden de llegada‒ colocó su profesión al servicio de la comunidad. Como urbanista, persiguió “la búsqueda de la gobernabilidad democrática del territorio mediante la planificación participativa”; y con tribuyó a “construir colectivamente un mejor futuro gracias a utopías socialmente consensuadas”, sostiene el montevideano, educado en colegios católicos (Monseñor Isasa y Maristas). Esta lógica profesional, sumada a su vasta experiencia, le valió el Premio Nacional de Urbanismo a la Trayectoria, otorgado por el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente en 2015.
EL TERRITORIO COMO AULA
Uno de los trabajos que mejor representa su concepción de territorios inclusivos y sostenibles, y que lo marcó profundamente, fue el plan de mejoramiento para el barrio de Tepito, ubicado a pocas cuadras del Zócalo de la ciudad de México y habitado en ese entonces por 40 mil personas. Como integrante del cuerpo docente del taller Max Cetto del Autogobierno de la UNAM, y en conjunto con los tepiteños, formó parte de la recuperación del deteriorado barrio de 50 manzanas, que contempló la construcción de nuevas vecindades (conventillos) y el fortalecimiento de la economía, identidad y cultura barrial.
El proyecto no surgió casualmente, sino para apoyar la lucha de los tepiteños contra un plan del gobierno de la ciudad que pretendía desalojarlos y desarrollar un emprendimiento comercial en la zona. “Era el sueño de los habitantes de un mejor Tepito”, asegura el arquitecto que trabajó codo a codo con los lugareños para concretar ese plan, que incluso recibió un premio en el marco del XIV Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos, realizado en Polonia a comienzos de los ochenta.
Entre 1975 y 1987 vivió exiliado en México, donde ejerció la docencia y la investigación en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Autónoma Metropolitana.
Su compromiso en el terreno de la planificación territorial y la vivienda social se vio plasmado tanto en México como en Uruguay. De hecho, antes de su exilio ya había participado en una agenda de proyectos des tinados a poblados rurales del país en extrema vulnerabilidad, de la mano de la Oficina de Acción Comunitaria Regional (ACOR), del Ministerio de Ganadería, Agri cultura y Pesca.
“Uno de los problemas más sensibles era el aislamiento en el que vivían. No tenían caminería ni las posibilidades de comunicación que existen ahora. La Ruta 4 no existía; para viajar de Salto a Artigas se demoraba cuatro horas, y una parte del trayecto se hacía a campo traviesa, con niños que abrían las porteras a cambio de una propina”, relata quien escuchó en más de una oportunidad referirse despectivamente a los rancheríos como “pueblos de ratas”, y de alguna manera intentó combatirlo desde su rol.
PLANEAR JUNTOS
Entre 2010 y 2015, y quizás en su papel de mayor visibilidad pública, presidió la comisión directiva del Plan de Integración Socio-Habitacional “Juntos”. Impulsado por el entonces presidente José Mujica, este programa se propuso trabajar con familias en situación de pobreza extrema para hacer frente a la emergencia social y de vivienda del momento. En un principio, el “buque insignia” del gobierno de Mujica funcionaba bajo la órbita de Presidencia de la República, por lo que Acuña compartía con el exmandatario el piso 11 de la Torre Ejecutiva.

“Hasta ese momento no conocía mucho a Mujica (sí a su mujer Lucía Topolansky, de la Facultad de Arquitectura), y me encontré con un personaje fantástico. Con él era muy fácil entrar a los barrios y recorrerlos, porque era un vecino; entonces fue muy fermental esa época”, dice. Tito pateó las zonas más carencia das del país para concretar el programa financiado en cierta medida por donaciones particulares, entre ellas un porcentaje del sueldo del propio Mujica.
Aunque dice que no fue el motivo principal de su alejamiento, Acuña dejó el timonel de ese barco en plena transición del plan a la esfera del Ministerio de Vivienda. “El programa recibió elogios; y también muchas críticas (incluso dentro del propio Frente Amplio). Pero hasta el día de hoy vive y lucha”, afirma con cierto orgullo.
CÓMO SURGIÓ LA VOCACIÓN
No tenía muy claro si lo suyo era la arquitectura. Coqueteó con las ciencias económicas, la agronomía y la ingeniería mecánica, esto último producto de los ante cedentes laborales de su padre en la fábrica de neumáticos Dunlop. “Vivíamos en Montevideo, pero teníamos una casa en Artilleros, en Colonia. En el balneario de al lado, Santa Ana, funcionaba la hostería Don Guillermo, construida por un gran arquitecto (Miguel Ángel Odriozola, inspirado en la obra de Julio Vilamajó). Era espectacular y yo pensé: esto es arquitectura, esto me gusta”, cuenta.
Demoró nueve años en terminar la carrera, cuatro de ellos le insumió la carpeta final. Finalmente obtuvo el título en 1969. “En la década del sesenta no había trabajo, ¿para qué me iba a recibir? Hoy parece mentira, pero en ese entonces nos cuestionábamos eso. Además, mientras tanto trabajaba en cosas que me gustaban y tenía mucho vínculo con la facultad, especialmente con el Instituto de Teoría de la Arquitectura y Urbanismo”, explica quien continuó su relación con la facultad hasta 2016, cuando dejó definitivamente la docencia.
Siempre concibió la tarea docente como “un proceso de aprendizaje comunitario, donde se identifica la teoría del catedrático, pero también se aprende mucho de los muchachos”, señala. Y si hay algo que ha intentado transmitir a sus alumnos es que “no crean que lo que vale es solo lo dicho en la casa universitaria. Hay que salir a la vida para aprender de ella”, manifiesta quien mamó en México la ideología de un movimiento académico-político que promovía una universidad científica crítica y vinculada a las luchas populares.
ESENCIA DOCENTE
Llegó a ocupar el máximo cargo en la Facultad de Arquitectura de la UdelaR entre 1992 y 1997. Aunque reniega de la masividad y la burocracia, dos palos en la rueda que debió enfrentar durante la gestión, su experiencia como decano fue “muy enriquecedora”. Esto se debe, en buena parte, a que le otorgó “el privilegio de ser uno de los fundadores (y primer presidente) de la Asociación de Facultades y Escuelas de Arquitectura Públicas del Mercosur y Países Asociados (Arquisur), creada con el objetivo de construir un espacio académico de alcance regional”.
Actualmente, bajo el predominio de la tecnología, le costaría sobremanera comandar una casa universitaria ‒según confiesa‒. “Esta explosión me ha dominado y superado. Porque, ¿qué pasa desde el punto de vista de la estrategia pedagógica en el proceso de enseñanza-aprendizaje de la arquitectura? Cuando trabajás directamente con tu mano sobre el papel, la creatividad nace acá [se señala la cabeza]. Pero cuando eso está mediado por una máquina, el asunto se complica”, considera.
“No crean que lo que vale es solo lo dicho en la casa universitaria; hay que salir a la vida para aprender de ella”.
¿Por qué se complica? “Porque la máquina termina teniendo un peso mayor, interpreta lo que le pedís y te entrega un dibujo precioso. Pero ¿dónde está la arquitectura?, ¿dónde está la utopía de un mejor territorio? El dibujo puede ser impecable desde lo estético, pero ¿cuál es el vínculo con las organizaciones barriales o con la realidad social que debería guiar el proyecto? Es todo muy lindo de ver, pero falta lo esencial. Hay que aprender a utilizar la tecnología, pero nunca desechando la actitud crítica”, finaliza.
Hoy, lejos de los pergaminos acumulados, Tito sigue moviéndose con la misma humildad que lo caracteriza desde joven. A sus 84 años (él declara “48, porque si lo digo al revés me deprimo”), aun lo conmueve que lo recuerden exalumnos o que un barrio lo reciba como si nunca se hubiera ido. No lo seduce la épica personal: prefiere pensar que sus aportes fueron simplemente el resultado de trabajar junto a otros para transformar realidades.

