Ignacio González Vierci, nacido entre obras
mayo 6, 2026
Ignacio González Vierci se formó en la constructora fundada por su abuelo, empezó como capataz y hoy es uno de sus directores. Durante la pandemia, como presidente de la Asociación de Promotores Privados de la Construcción del Uruguay, participó de una negociación inédita para mantener en marcha la industria.
Por Carla Rizzotto
Cuando Ignacio González Vierci asumió la presidencia de la Asociación de Promotores Privados de la Construcción del Uruguay (Appcu) en diciembre de 2019, no imaginaba que apenas tres meses después pasaría dos noches enteras “durmiendo” en el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social en busca de un acuerdo histórico para la industria.
Con la emergencia sanitaria por la COVID-19 ya decretada, pasó de jueves a sábado prácticamente instalado en la sede de la cartera laboral. Allí, junto a representantes de las gremiales empresariales de la construcción, del sindicato de trabajadores y del gobierno nacional, fue parte de dos jornadas maratónicas de negociación para lograr una salida inédita: una licencia especial de dos semanas para los obreros, una partida económica extraordinaria y un protocolo que permitiera el retorno seguro a las obras.
“Estábamos todos muy preocupados: no había demasiada información sobre el virus, circulaban miles de opiniones distintas y había que tomar decisiones. La idea era mantener la economía en marcha, pero al mismo tiempo cortar un poco la circulación”, recuerda quien dormitaba de a ratos en una silla del salón Enrique Erro del ministerio para recuperar algo de energía y continuar la discusión. “El propio presidente Luis Lacalle Pou, que pedía estar informado sobre la negociación, insistía en no apagar los motores y que la gente pudiera irse a su casa unos días con algún peso en el bolsillo”, relata.
«No me pesaba ser ‘el hijo de…'».
El sábado 21 de marzo de 2020, un par de horas después del mediodía, González salió conforme del edificio estilo art déco ubicado en la Ciudad Vieja. “Todos nos fuimos con la misma sensación. Fue un momento duro, pero nos unió mucho como industria”, asegura Ignacio, que recuerda haber quedado impactado durante el trayecto de regreso a su casa en Carrasco porque no se cruzó con ningún otro auto en veinte minutos de camino. Solo al verse luego en las notas periodísticas que retrataron el inusual acuerdo empezó a tomar conciencia de su trascendencia.
Eso sí, no zafó de que escribieran mal su apellido: ‘Ignacio González Conde’ se leyó en más de un titular. “Yo soy Ignacio González Vierci, con v y c; como (el escritor) Pablo Vierci”, advierte con ánimo de que la asociación con su conocido tío ayude a disipar la confusión constante. “Al estar tan vinculado mi nombre con la empresa en la que trabajo hace muchos años, González Conde Construcciones, es lógico que se equivoquen. Pero González Conde era mi abuelo”, detalla.
ADN CONSTRUCTOR
El abuelo Antonio, un inmigrante gallego que llegó a Uruguay en 1929, tuvo bar, hizo feria e importó hierro hasta que finalmente se consolidó con la apertura de la barraca González Conde Madera, que pasó a llamarse González Conde e hijos cuando la descendencia de Antonio (Ángel, Juan Carlos y Jorge) se sumó al negocio familiar. Digamos que la idea de la constructora nació sin premeditación: los tres hijos empezaron a formar sus propias familias, entonces Antonio convocó a una inmobiliaria para que consiguiera un terreno donde levantar un edificio y vivir cada uno en un apartamento.

Sin conocer este métier, delegó la construcción en manos calificadas mientras él se ocupó de financiarla. El negocio le pareció rentable y atractivo, tanto que decidió fundar González Conde Construcciones. “En un principio, mi abuelo se quedó con la constructora y los hijos con la barraca, pero cuando se enfermó le pidió a Juan Carlos que ocupara su lugar, y más tarde se incorporó mi papá (Jorge)”, detalla Ignacio, que cumplió con el legado familiar al sumarse a la empresa en el verano del 92.
EL CAPATAZ
Los primeros cuatro años alternó el trabajo con el estudio en la Universidad del Trabajo del Uruguay (UTU), donde egresó como técnico constructor. Si bien le gustaba mucho la carpintería, producto de sus visitas frecuentes a la barraca, nunca dudó de su preferencia por la construcción. Al tiempo que aumentaba su carga horaria dentro de la firma, también crecía su responsabilidad: su primera obra como capataz fue el edificio Isla de las gaviotas, ubicado sobre la rambla de Malvín, en el año 98.
“Me costó mucho porque tenía que imponerme ante gente mayor que yo y con largos años de oficio. Me cobraron algunas, pero también me ayudaron. No me pesaba ser ‘el hijo de…’. Era el primero en llegar y el último en irme, no falté ni llegué tarde un solo día. Además, estaba seguro de que lo estaba haciendo bien. La gran condición para dirigir es saber de lo que estás hablando, de lo contrario te pasan por arriba”, reflexiona.
Su despedida como capataz de obra en 2009 también fue todo un desafío ya que lideró la edificación de la Torre del Congreso, ubicada en 8 de Octubre y bulevar Artigas, a metros de la terminal de ómnibus Tres Cruces. “Ya teníamos comprados tres terrenos, por lo que sumamos otro capataz; eso nos permitió construir tres edificios al mismo tiempo. Desde entonces nunca dejamos de hacer tres o cuatro proyectos a la vez”, asegura el capataz general de la compañía y socio-director junto a su primo Juan Diego (hijo de Juan Carlos) y su hermano mayor Jorge.
NUEVOS HORIZONTES
Actualmente, González y compañía desarrollan el proyecto más importante de la historia de la empresa: Montevideo Harbour, un megacomplejo de dos torres de viviendas, oficinas y un centro comercial sobre la bahía de Montevideo.
La zona también es una apuesta. Mientras la mayoría de los emprendimientos inmobiliarios apuntan hacia el este, ellos ponen las fichas en el oeste de la capital. González está convencido de que “las obras cambian los barrios”. Pasó en bulevar Artigas y Garibaldi, donde se construyó el edificio Grand Boulevard: “No se hacía ninguna obra desde el año setenta y pico en ese lugar; y luego de que llegamos nosotros vinieron otras cuatro empresas a construir alrededor”, subraya.
Con Montevideo Harbour pasará algo similar, adelanta. El proyecto comenzó a gestarse en los noventa, cuando una tarde su tío volvía del Cerro y frenó en la rambla Baltasar Brum para contemplar el atardecer. “Quedó maravillado con la panorámica, el silencio y los patos que nadaban en el agua”, destaca. El terreno se compró en 1997. Tres décadas después, sobre f in de este año, se inaugurará la primera torre, mientras que la segunda estará pronta en marzo de 2027. La solicitud para la aprobación de una tercera torre ya se encuentra en los organismos competentes.
IR POR MÁS
“Mis colegas dicen que estoy loco”, asume Ignacio; aunque reconoce que tomar riesgos es una característica propia de la firma. “En la Torre de los Caudillos, con casi una manzana de extensión (en bulevar Artigas, Rivera y Rodó), colocamos las primeras escaleras mecánicas de un edificio privado de Montevideo. En el edificio residencial Gstaad, ubicado sobre la rambla Mahatma Gandhi, la empresa salió de los estándares normales al construir apartamentos de casi 500 metros. La gente le decía a mi papá y a mi tío que nadie viviría ahí y fue un éxito absoluto”, advierte el director, que se siente respaldado tanto por el nombre como por la antigüedad de la empresa.

Además de perderle cada vez más el miedo al fracaso, le apasiona lo que hace; no se aburre nunca. Pero fiel a su espíritu proactivo, le cuesta bajar las revoluciones para disfrutar de los placeres que lo desconectan del trabajo.
La lectura es uno de ellos: aunque suene contradictorio, su diagnóstico de dislexia en sexto año de escuela lo motivó a leer con frecuencia. “A pesar de que me costaba muchísimo, y me sigue costando, leer me salvó”, sostiene antes de aclarar entre risas que él no se en carga de los cheques de la empresa.
Entre los más de 300 libros que declara en su haber figuran las colecciones completas de autores como Agatha Christie, Arturo Pérez-Reverte, Andrea Camilleri y Antonio Manzini. Juntarse los jueves de noche con amigos a comer un asado y jugar al truco, ritual que cumple desde hace 30 años, es otro pasatiempo que no está dispuesto a sacrificar. Tampoco los momentos de relax junto a sus hijos Valentín (23), María Clara (19) y Candelaria (13).
Con ayuda de un coach intenta organizar mejor su tiempo. “No jubilarme; tengo 49 años y, conociéndome, creo que voy a trabajar hasta el último día. Pero sí me gustaría llevar una vida más tranquila”, expresa. Mientras tanto, en su cabeza empieza a resonar cuál será el destino de la empresa una vez que él o los otros dos actuales capitanes deban o quieran ceder el timón. Por ahora, ningún descendiente de los tres directores ha verbalizado su interés; pero no pierde la esperanza. “Ya no quedan muchas constructoras familiares en Uruguay. En más de un caso, las nuevas generaciones no las continúan”, asevera con pesar.
Más allá de la empresa en sí, reflexiona Ignacio, la industria tiene que centrar energías en el aprendizaje de los trabajadores, sobre todo de los más jóvenes. “Capacitar tanto en el propio oficio como en materia de seguridad es uno de los grandes desafíos de aquí a los próximos años”, opina.
En una industria que cambia y busca nuevas generaciones, González Vierci mantiene la convicción con la que empezó: que las obras no solo levantan edificios, también transforman los barrios.

